La primera vez que alguien escucha que hay clases de yoga en un centro de tratamiento de adicciones, la reacción suele ser una sonrisa incrédula. "¿Yoga? Pensé que esto era serio." Es una reacción entendible — pero está basada en un malentendido sobre lo que realmente hace el yoga en el cerebro y el cuerpo de una persona en recuperación.
El cuerpo, ese gran olvidado
Cuando alguien consume durante años, pierde el contacto con su propio cuerpo. No lo siente, no lo escucha, muchas veces lo maltrata sin registrar el daño. El primer paso de cualquier proceso de recuperación real es, literalmente, volver a habitar ese cuerpo.
El yoga trabaja exactamente ahí. La respiración consciente, sostenida y lenta, activa el sistema nervioso parasimpático —el que nos calma— y reduce los niveles de cortisol, la hormona del estrés que en las primeras semanas de abstinencia suele estar disparada. No es una frase de manual: es fisiología básica.
Dopamina, otra vez
Ya hablamos en otras notas de cómo la adicción altera el sistema de dopamina del cerebro. Lo que quizás no es tan conocido es que la práctica regular de yoga —como cualquier actividad física sostenida— ayuda a normalizar gradualmente esos niveles. No de forma inmediata ni mágica, pero sí de manera medible con el tiempo.
Esto es clave en los primeros meses, cuando el cerebro todavía no genera placer con facilidad ante estímulos "normales" (una charla, una comida, un logro pequeño). El yoga —junto con el resto de la actividad física de nuestra agenda— ayuda a acortar ese período de anhedonia (la incapacidad de sentir placer) que es, según reportan muchos pacientes, una de las etapas más duras de la temprana recuperación.
Más allá de lo físico
Hay algo simbólico en sostener una postura difícil, respirar en medio de la incomodidad, y no huir de ella. Eso es, en esencia, lo que se les pide a las personas en tratamiento todos los días: quedarse con lo incómodo en lugar de anestesiarlo. El yoga es una metáfora corporal de ese aprendizaje.
Una herramienta más, no la única
No decimos que el yoga cure una adicción. Sería reduccionista y falso. Es una pieza más dentro de una agenda que incluye deportes de equipo, terapia grupal, terapia individual y seguimiento psiquiátrico. Pero es una pieza que muchas veces sorprende: personas que llegaron escépticas terminan siendo las que más sostienen esta práctica, incluso después de externarse.
A veces la recuperación empieza con algo tan simple como aprender a respirar distinto.
Lo que cuentan quienes lo practicaron
Más de un paciente nos contó, con el tiempo, que la primera clase de yoga en la comunidad fue una de las experiencias más incómodas de sus primeras semanas de tratamiento. No por el esfuerzo físico, sino por algo más profundo: quedarse en silencio, respirando, sin ninguna sustancia ni distracción externa que tapara lo que estaban sintiendo, resultaba casi insoportable al principio.
Esa incomodidad inicial, sin embargo, suele ser exactamente el punto de partida del cambio. Con la práctica sostenida, semana tras semana, muchos empiezan a notar que ese mismo silencio que antes los angustiaba se vuelve, poco a poco, un lugar más habitable. Aprenden a estar con ellos mismos sin necesitar escapar de inmediato.
Un espacio sin exigencia de perfección
Un detalle que cuidamos especialmente: nuestras clases de yoga no tienen ningún componente de exigencia física ni estética. No importa si alguien no logra una postura, si necesita modificarla o directamente quedarse sentado respirando. La lógica de "hacerlo perfecto" es, precisamente, uno de los patrones de pensamiento rígido que trabajamos en la reestructuración cognitiva. El yoga, bien guiado, refuerza exactamente lo contrario: la aceptación del propio cuerpo y del propio ritmo, sin comparaciones.
Con el correr de las semanas, esa aceptación corporal empieza a trasladarse a otras áreas de la vida cotidiana. No es casualidad que muchos egresados sigan practicando yoga —o simplemente respiración consciente— mucho después de haber dejado la comunidad.
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